Relato 1. LO EVIDENTE. LO LATENTE.

No preguntes lo que ya sabes, no calles lo que ya sé.  Esto se acabó.

No me mires así, había muchas señales en el aire, cada día inspiraba una razón que me llevaba hasta lo evidente. No lo veía, tu “estúpido velo” me impedía ver la falta de sincronía, las ganas y los detalles se abrazan para acompañarte a otras ventanas. Que imbécil, no sólo tú sino yo por sentir lo que ahora siento, este demoniaco pálpito que me invita a tirarlo todo por la borda, a matar hasta el último ápice de ti en mí. Despídete de guardar tu ropa en mi armario de beberme por las mañana o de arrancarme medias sonrisas al pedirme perdón y al mentirme con tus clichés con un “no lo volveré a hacer”.

Las oportunidades en los grandes almacenes no a mi costa, ni asfixiando mi dignidad.

Tranquila, me repondré deprisa. Espabila estamos en el siglo XXI  no me rompes el corazón, destrozas tú, de tu alma, poco a poco… cada rincón.

Los «echo de menos» que nunca te diré…

Echo de menos tu madurez y serenidad, tu olor antes y después de acostarnos, las duchas juntas, las venganzas por la mañana y las miradas que cortaban el viento con su ligereza y desvergüenza.

Echo de menos el ala de la protección, esa seguridad que sólo hallé en tus abrazos.

Echo de menos las cosquillas, la complicidad, los desayunos a media mañana, las revoluciones sin palabras en la cama, la casa a la que subía una y mil veces, las excusas improvisadas para, a solas, escaparnos.

Los viajes a tus recovecos, recorrerte sin miramientos, con pasión o ternura pero siempre con ganas de encontrarte desnuda.

Echo de menos tu genio y tu alegría, tu bipolaridad que se enredaba con la mía. Sí, éramos dos locas, pero ambas sabemos que al fundirnos nos encontrábamos con la cordura.

Echo de menos nuestro lenguaje inventado y todas las sílabas que bailaban al salir de tu labios; tus sonrisas pícaras de medio lado, los guiños, los asaltos por la espalda, las palmadas en público dónde nadie se las esperaba.

Echo de menos volar a tu lado y el pestañeo que me hacías sentir con el aura de felicidad que me daban tus brazos.

Echo de menos tus detalles, desde la calidez de tu cuerpo a la forma de tus manos. Tus hoyuelos, tus tatuajes, tu pelo, tus dedos, tus besos. Qué habrá sido de ellos, me pregunto si sabré o podré besarlos como en ese tiempo pretérito en el que nos descubríamos poco a poco, como cachorros que no conocen el final ni cuando han empezado. Era un juego, un delicioso juego de dos al que nos condujo la noche como por casualidad, cuando nos sumimos en esa inminente locura, políticamente incorrecta pero que me descubrió a mi misma. Gracias por los mejores años de mi vida.

Echo de menos la vida, la vida que sólo era vida a tu lado y no el calvario del destierro al que nos han empujado. Quiero que sepas (aunque nunca llegues a leerlo) que sigues aquí; estás, estoy, ESTAMOS y estaremos. Vivo sin vivir en mi, anhelando cada paso cogida de tu mano, antes nunca podía caerme a tierra, ahora no vivo en otro lado. Siempre estábamos corriendo riesgos, sumando altercados, aventurándonos sin barandillas ni consecuencias, simplemente amándonos.

Gracias por no ponerme nunca candados.

Echo de menos lo que eras para mí, lo que me hacías sentir. Eras mi luz, esa que brillaba incombustible, la que no se apagaba, la que no descansaba, la incondicionalmente viva en mi regazo. Sé que hoy somos una idea sin futuro pero con un próspero pasado. Quién nos lo iba a decir, la felicidad esa que ya hemos alcanzado, ya no me importa, no merezco volver a encontrármela, contigo me la bebí toda de un trago, la exprimí, la utilicé. Ella me llevó a ti y tú a ella, sin pensar en nada más que lo que nos importaba y nos empujaba: descubrir un mundo sin mapas contigo, tú eras el norte al que conquistar cada alba.

Echo de menos lo que eres, fuiste y serás: mi vida.

La vida fácil y cómoda, la completa, la irrepetible. La nuestra.

La “anti-rutina” sin atascos, con poco ruido y muchas luces.

La sensación de tranquilidad que el caos secuestra.

El sabor de un “estoy aquí” de tus labios,  los “no te preocupes”.

Pero, sobre todo, los “nosotras”, qué deliciosos los siento, ahora más que nunca, cuando ya no cuentan.

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Razón aquí…

Necesitaba escribir, expresarme, sentir que expulso parte de ese poso de emociones que a veces ha mutado al peor cianuro, se lo debo a mis notas del Iphone, mis servilletas manchadas de tintas e ideas, escribo en cualquier parte y a cualquier hora, de ahí que siempre guarde un cuaderno cerca de la cama y que una libretilla sea un imprescindible de mis bolsos.

Pues bien, se merecen una recopilación y un final digno: su publicación en este blog.